Escondite
Hace unas horas la plática con un amigo me abrió la puerta para pensar en escondites. Se me ocurre que un escondite muy efectivo es el interior de una puerta. Por favor, ahora no te preguntes cómo podrías caber ahí o cómo es posible que yo pueda asegurar esto si desde hace muchos años soy mucho más ancho que el canto de casi cualquier puerta. No seamos tan estrictos, finalmente hay que entender cabalmente el objetivo: queremos escondernos. No estamos buscando un pretexto para hablar de geometría: no es una puerta a la discusión. Simplemente concédanme este acuerdo: uno puede esconderse dentro de una puerta y el interior de una puerta es un escondite fenomenal.
Pensemos bien: el mejor escondite es aquél que no expone puertas. Yo les lanzo esta pregunta: ¿cuándo han visto una puerta dentro de otra puerta? Más allá de un cuento en algún bestiario de Borges o en algún relato de un dibujo de Escher, no han habido puertas dentro de puertas. Esto convierte a nuestras puertas en perfectos escondites. No veo cómo alguien no pueda coincidir absolutamente con nuestra idea.
Siempre dicen que tener dos argumentos es mejor que uno, así que les propongo seguir pacientemente el siguiente laberinto lógico de puertas y compuertas. Empecemos por elementos básicos, así siempre que quieras sumar a alguien a nuestra idea las puertas-escondites, tengas a la mano un discurso muy simple de abordar y compartir:
Si tú necesitas un escondite es porque necesitas o necesitarás esconderte. Si necesitas esconderte es que alguien quiere buscarte; si te busca, te buscará dentro de algunos recintos. Con este último paso, hemos dado en abrir la puerta al corazón de la eficacia de nuestro escondite: las puertas sólo son vistas como obstáculos y herramientas en una búsqueda, pero nunca son el fin principal de la búsqueda. Es como esconderse dentro de las paredes.
Ahora bien, quiero dejar claro que hablar de paredes en esta ocasión es de muy mal gusto y puede cerrar una puerta de una amistad que difícilmente podrá abrirse. Y es que hablar de la competencia cuando sólo te dieron puerta abierta para hablar de UNA SOLA COSA sí habla muy mal de ti, de un abuso de confianza y sobretodo que no entiendes cuándo es válido abrir una puerta cerrada y cuándo cerrar una abierta. Y es que imaginemos, sólo por un instante, que nuestro discurso llegue a la conclusión de que las puertas son innecesarias y que con las paredes nos basta. Sólo de pensarlo me tiemblan las puertas del alma. Una vez que se emita tal idea, tal discurso ya no podríamos cerrarle la puerta. Sería el principio del fin de una era que nos ha marcado: una era de puertas abiertas, cerradas y emparejadas. Sería como dar pie a un espacio ni abierto ni cerrado, sin flujo de entradas ni salidas; un lugar sin puertas. En definitiva, sin escondites.
