Gustavo Muñoz - justavo, kanchenjungo, zipi

November 26, 2005

Tres jardines rellenos de martillos

Filed under: Personal, Poesía

Una casa que tiene unos zapatos de payaso siempre será un buen lugar para esconderse. A veces un par de amigos se funden en el mismo escondite y cuando levantamos la mirada tu techo está más allá de una cómoda vianda de frutas y escotes.
Llegamos a un árbol en medio de un trigal. El árbol ya no tenía más los dibujos de los niños de la región. Cuando se los llevaron tus amigos decidieron qué traje de payaso iban a usar primero. También se fijaron en el estuche de herramientas más caro de la colección privada de Olga. Sí, esos dibujos siempre te hablan de cuando perdiste las llaves de tu casa del árbol. Nunca las encontraste. Te faltó buscar en el carro de bomberos.
El árbol caminó hasta encontrar tu piscina. Ya no tenía caso esconderse más en los zapatos de payaso. Al fin del estanque te vimos desde aquella vez que usaste una nube para sonreír. ¡No pudiste actuar más baratamente!
Vaya, no hay más que mandar a la chingada a todos los dibujos. ¿Qué te queda? ¿Ser un bailarín? Sí, eso sí. Me gustaría verte a punto de entrar a escena. Finalmente el cuerpo es justo con lo que te gusta impresionar. Y creías que tus dibujos eran una extensión de ti. Pero ese es el bailarín, el que dibuja con su propio cuerpo.
Trabajaste dentro de la mina hasta que estalló la huelga. Ya no queda más arroz y tu Navidad es una miseria. Tu esperanza sólo está centrada en tu locura y eso es lo más sano que te queda.
Te oí decir: “Entre un acantilado y mi pasta de dientes puedo crear una lombriz”. Ya, sí que te gusta decir pendejadas. Quizá no deba ser tan parecido a un mercenario, pero hoy no me convienes. Imagínate que además de mis defectos comenzara a pensar que hilar ideas sin sentido sea el mejor disfraz que pueda ponerme.
Mejor camina hacia la farmacia. Miénteme y asegura que eras un experto en MS-TRES y programabas en ensamblador de una máquina viejísima diseñada por Cicerón. Ah, eso sí que es un discurso.
Caminar y buscar una cura. Alzar los ojos en busca de un papel de baño. Galantear a un par de calcetines. Mostrar tus debilidades frente al poste de luz más alto de Toronto. Criticar sin piedad a un viejo conocido de algún sueño repetido. El cansancio trae luz y la trae por vez primera. Creo que ella no dijo que no volvieras, pero cuando volviste a ser un cisne después de que engañaste a todos los de la compañía de danza, no volvimos a saber del león, ni del payaso que le prestó sus zapatos a tu casa de escondites.

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