Recuérdala
¿Estoy matándome?, ¿cuántas cosas dentro de mí estarán agonizando? Sí siento algunas. Tengo unos pequeños orificios donde apenas les doy oportunidad para respirar. La libertad que es la potestad del tiempo, la decisión de la acción inmediata, el plan desarticulado con sus resultados excepto la fruición de haber pasado por él.
¿Qué cosa soy?, ¿vale la pena el juego y la metáfora?, ¿dónde está la riqueza de estar vivos?
No conozco algún elemento más creativo que el lenguaje: generación de imágenes, de texturas, buscador insaciable de rincones de nuestra conciencia y nuestra ignorancia que yacen en vilo. Pareciera que el lenguaje puede encontrar taciturnos y deambulantes ciudadanos de nuestra mente y nuestra imaginación. El lenguaje sin silencio no tendría reflejos de luz, no podría llevarnos a morir por la palabra. Yo encontré algunos vecinos esta noche, alguno que otro lo había visto hace tiempo. A algunos otros les había escuchado.
Quiero que vengan más seguido. Mi superficie psíquica gusta de su compañía. Quisiera que la siguiente vez yo no perdiera el tiempo en evaluarlos, sino me dedicara a disfrutarlos y a dejarme enriquecer desde el principio.
Revoltijo de ideas, corazón de confetti. Mi mente está manejada por un testaferro confudido por su nuevo encargo. Basta, es un encargo, la mente y el corazón aún son míos.
Si una metáfora ya no puede tocarme cuando caiga será porque ya no puede reconocer mi semblante, será porque luzco tan ajeno a su nido que difícilmente querrá guarecerse conmigo. El día que los tropos literarios no me vean, siquiera con desconfianza a los ojos, no sabré bien quién seré. La generación de la identidad es cosa de la primera juventud. ¿Cómo voy a identificarme entre los cientos de hombres que conozco si acaso un poema ya pudiera hablar conmigo?
Una identidad acecha a la otra. El ímpetu es lograr dos en uno. No tres, que eso es propio de dioses.
