Últimamente he tenido la mala fortuna de visitar a menudo el Hospital General de México, aquí en el D. F. Este artículo tiene lugar sólo para describir, suscintamente, lo que sucede a diario en la entrada de este nosocomio.
Para dar un contexto hay que tomar en cuenta que más allá de ser un hospital público donde acude muchísima gente, la entrada coincide con una terminal del Sistema de Transporte Colectivo Metro. De modo que si alguien quiere estar rodeado de mucha gente y sentir alguno que otro empujón al aire libre, puede acudir a la placita que está frente a la entrada: seguramente no será decepcionado.
¿Qué hay, pues, ahí que me llama la atención además de muchedumbre y hacinamiento?
Hay de planta un predicador cristiano que llama a la gente en general y a grito pelón a leer la Biblia y abrir su corazón al Crucificado. Pero eso no es todo, también hay un tipo disfrazado de un gran Doctor Simil que se la pasa saludando a los familiares de los pacientes del hospital y a la gente que acude a consulta externa.
No creo que deba agregar mucho más. Simplemente que sí hay mucha gente que va y saluda al Doctor Simil y otra tanta que escucha las palabras del predicador. ¡Qué mejor que un hospital (frecuentado generalmente por gente que no la pasa fácil) para estas dos venas de populismo y esperanza prostituida!
No sé cuál sería el éxito de este tipo de iniciativas en un país como Suecia o Finlandia. ¿Ustedes qué creen?, ¿también tendrán candidatos como los que tenemos aquí para las siguientes elecciones presidenciales?, ¿las discusiones políticas entre candidatos también tendrían ese sabor tan gourmet como el que nos ofrecen por aquí?
Desgraciadamente toda la escena de la entrada del Hospital General de México es un buen resumen de una buena parte de México.