Estoy totalmente absorto por el concierto de violonchelo de Elgar. No lo había escuchado con la atención con la que ahora estoy disfrutándolo. Y sí, para los que se lo preguntaban, estoy escuchando una versión con Jacqueline du Pré.
Desde que murió mi mamá, mi interpretación y sensibilidad por la muerte es distinta. De pronto, sin nada que lo pudiera prever, me descubro llorando, me asalta la pérdida y el recuerdo. Ha sido mi mamá la que murió; pero también Jacqueline y su violonchelo y sus manos y su intensidad. La muerte me ha provocado risa, contradicción, contratiempo, tristeza, llanto. No sé cuál sea mi forma preferida. No quiero pensar en ello.
¿Qué es realmente el sonido que Jacqueline le arrancó a su Stradivarius?, ¿dónde está ese cuerpo intangible?, ¿dónde está el mensaje?, ¿dónde el corazón de Jacqueline vibrando con las cuerdas de su cello? ¿Qué, en definitiva, es una grabación?, ¿dónde está el pasado?
Esperé para encontrarme con Jacqueline. Quise dejar pasar el tiempo para poder enamorarme de ella. Creo que atiné el momento. No debía verla ni dejarme ser visto sin que mi madre hubiera muerto. La configuración de idea de mujer y muerte está siendo reconstruida. Jacqueline entra en la escena justa, exacta, perfecta. Añade las observaciones y la intensidad que le dan al absurdo su (in)debida medida.
¿Qué eres, cuerda?, ¿qué te hace incrustarte donde no te había llamado?, ¿por qué en definitiva te busco? Nota, cuerda, manos, caja, partitura, mujer, sudor: ¿dónde estás? Llegas y te marchas. Es lo mismo, siempre lo mismo. Pueden ser años, digamos unos cuarenta y dos, o bien, se puede tratar de un instante. Todo pasa.
La muerte también despierta otra vida. Una vida después de la muerte. No la del muerto, que esa ya está, sino la vida de los vivos. Yo he visto gente que es otra después de la muerte. Me pregunto si realmente son otros o el poder que ejercía el superyo fue vencido con esta muerte. Sí, lo sé. Se trata de eso. Un superyo vencido.
Elgar no me importa. Las trampas y las interpretaciones llaneras de un testamento tampoco. ¿Qué más da si el yo del autor del testamento ya no es rival para quien lo interpreta? La debilidad de la ausencia rige la vida, vigila maniatada la interpretación. Continuamente comparo la interpretación que Jacqueline le dio a las notas muertas y la que se le da al testamento y a la pobreza de mi gente. Por eso lloro. Porque todos deberíamos tener un violonchelo para leer cada testamento. ¡Las manos de Jacqueline para leer un testamento! ¡Su intestino, su pasión que sigue creándolo en la tumba!
Simplemente sucede. No lo evito. Sucede. No lo provoco. Sucede.
El terso devenir de los hechos. Las voluntades últimas de los muertos. Las conversaciones privadas.
Nos limpiamos con el lenguaje.