India
Ajá. Ya sé. No sigo en México, fue un buen intento. Nosotros tenemos nuestra historia rota. Nos han quebrado repetidamente. India ha sido India antes de Sócrates. La cultura védica fue contemporánea a Zaratustra y Abraham. También vinieron musulmanes e ingleses. Nada, la India sigue siendo la India. Es un punto fijo en la historia del hombre. Evoluciona sobre su propio eje y termina alimentándose igual de quien viene a saquearla o a nutrirse de ella.
Nuestro centralismo nos hace parecer un niño con su duvalín; su capital son muchas capitales. Esto es, a la India le alcanza para muchas capitales. Su lenguaje fundó el nuestro. De sus 23 idiomas oficiales sólo uno o dos les fue enseñado. Su identidad nacional tiene un tranvía mientras que a la nuestra le cerraron las veredas. Son indios desde antes que todos los mesoamericanos. Se puede decir que a nosotros los españoles nos enseñaron a ser indios a imagen y semejanza… Y sigo creyendo que el problema fue el maestro, no el alumno. Pero esa es otra historia.
Sus calles inauguran cada golpe suspendido. No hay prisa que pueda rebasar un claxon y una bocina que responda. (Aquí el claxon es una medida universal preventiva. No hay bocinas defensivas y mucho menos agresivas. “Aquí nos gusta mucho usar el claxon”, me dijo Lokesh mientras sonreía desfanadamente pitándole a los transeúntes. Ellos agradecían el aviso de que el coche iba a pasar).
Tienen más dioses por metro cuadrado. Cada dios tiene más personalidades. Antes de los sacrificios y la sangre de maderos ya habían tejido en seda santos nacionales. Nosotros tenemos dioses judíos promovidos a judíos universales. Ellos tienen dioses indios, santos indios, templos indios que son visitados y venerados por indios indios. No requieren validez de concilios ni tratados de letrán.
Sus dioses son redondos, sus platillos tienen vida propia, su tráfico habla, sus cuerpos transpiran. Y aquí hay un elemento que define al indio en buena medida. No quieren esconder que están vivos. Los seres vivos transpiramos, olemos. No lo esconden, no lo disimulan. Claro, un occidentalote podría decir la occidentalada de que ese hecho es signo de civilidad retrasada. No mano, quizá es un elemento en el cual ya le dieron la vuelta al reloj. Ya vieron que recordar que somos animales por más sofisticada que sea nuestra sociedad es una llamada de atención al ecosistema en el que vivimos. Son indios y huelen. Sí, están vivos y no lo ocultan. Me gusta. India huele a vida… y la vida no es inolora.
India huele a sus colores, se viste de arcoiris y habla 23 idiomas. No tienen empacho en mostrarse. El indio no es cerrado. El indio además no vive en soledad. Nunca un indio hubiera podido escribir El laberinto de la soledad. Su realidad es comunal. Su realidad son las realidades de todas las caras de su gente. Sus dioses tienen muchos brazos, no podrían contener a toda la India con tan solo dos. Tienen un cuerpo para atraer a algunos y una cabeza diferente para enamorar a otros.
Necesito tener tronco de cienpiés para recorrerla y dejarme recorrer. No alcanza una visión para ver a la India. Necesitas muchos ojos para verla, muchas manos para tomarla y ser tomado. No basta con un par de anteojos, no basta con un sentido común. Por más común que lo queramos. Para abarcar lo común en la India se requiere más de un promedio.
Este país es imposible. Este país no existe junto con los demás. India está en la India, sus fronteras son una fantasía, producto de un hechizo. Cuando las cruzas para entrar requieres una segunda visa y esa no te la dan en ningún consulado. Conozco visitantes que nunca entraron a la India porque no pudieron encontrar la puerta. Porque no la buscaron o porque estaban visitando Maryland en Mumbai y naturalmente se perdieron.
Cuando entras de verdad a este sitio y como en toda historia fantástica, encuentras que no quieres salir de ella… a pesar de que nada te viene familiar. Alicia es historia de niños, la India es una aventura de carne y mármol… por decir lo menos.
