Gustavo Muñoz - justavo, kanchenjungo, zipi

February 10, 2007

Delhi, cuatro de la tarde

Filed under: Personal, Viajes, India, Poesía

I
Me queda tu ventana.
Podemos obsequiar un pasaje imaginario, un telecuento en el hocico.

II
Delhi, cuatro de la tarde:
-Hmm… ¿piensas? Sí, sí, sí… es que piensas… Tú piensas, piensas mucho…
-¿Notas que eres agresivo?
-No lo creo.
-Debo proceder por ejemplos, no queda de otra contigo. ¿No piensas? Ah, es que por eso eres Hare Krishna. ¿Agresivo o te hago un dibujito?
Entonces me regaló dos horas de entretenimiento puro, purísimo, como le cuadra a un americano Hare Krishna en medio de la India pidiendo otra extensión más de su visa.

III
Tomé el envelope y no lo abrí. No debía. Lo traje religiosamente a Mumbai, a la oficina regional. Mi estancia y el bienestar de mi capitalista de cabecera estaban de por medio. ¿Cómo lo iba a abrir?, le explicaba al maduro indio que me atizaba con su acento. Además, le agradecí tanto que me regalara unos minutos del pasado. No hay correo electrónico, no hay telefonazo, no hay telégrafo, no hay nada. Sólo hay envelopes que uno debe llevar personalmente para vencer al asunto, al contratiempo, a la querella. Me sentí un corredor de esos que le llevaban pescado fresco a Acamapichtli o al cualquier maharaja de Rajastán (donde también presumen de lo mismo).
Aún dependo de unas copias, de una estación de policía, de una mujer que sonríe con los dientes separados y dice orgullosamente que ella es la oficial de la oficina regional.
Parezco ilegal: mi visa venció ayer. Mi salvoconducto lo guardan en Delhi. Tengo que aprender a decir eso en varios idiomas; aquí no vale saber uno. No me dieron copia de él. Me regalaron una sonrisa para la confianza, un pásele-pásele y un no-se-preocupe-joven en hinglish.
Los papeles viejos. Mi olfato descubrió un olor aciago, a papel cansado que no imaginaba. Archivos amarillentos, cafesáceos. Arrumbes que calientan y apenas dan monocolor a la oficina-bodega. Las columnas de papeles que alcanzan el techo aseguran que mi caso no es el primero que se atiende en esa oficina. Un gesto de naturalidad y asentir en el más indio estilo indio. No hay de qué preocuparse, mi salvoconducto está bien archivado en algún lugar de esa cordillera de celulosa y polvo.

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