Dogma color espada.
Encierras tus colores.
Confundido por la India de múltiple cara
quieres convertirla a la vena
de tu vientre
unilateral
que inventa y educa.
Tus entrañas de nostalgia aria
incapaces de digerir a la India verdadera,
a la India de la danza,
a la India que no se teje en verso.
Dogma, regla, dharma.
Pasillos de luz
ciegos, acorralados.
Tu dolor te ha forzado a verte equivocada.
Un orgullo pisado por extraños
te voltea en contra tuya.
Yo amo la mentira creadora
la mentira dadora de vida.
¿Dónde dejaste la puerta, el olor, las alas
de la tantra y la purana?
Te sientas sobre los tuyos
con un juicio de traición.
¿Dónde vas a dejar a todos los hijos de India?
India la madre, ¿dónde queda?
Desenmascaras todos los cuentos
excepto el tuyo.
Nadie se ha nutrido de una historia
sin magia, sin engaño.
¿Por qué rompes
el cristal sin el cual no es posible
ver tu patria, saborear tu polvo?
Abres un río
que divide decididamente tu historia
y los credos que le dieron forma.
Tomas -y no lo sabes- la
misma figura
que
odias.
Vedas. Edad Dorada.
Líquido de cuatro castas.
Nombras maldita el azúcar del Nirvana
y desgastas el talco del ahimsa.
Nada de esto ayudó a los tuyos
en la hora del terror.
Por eso la unidad,
la estructura monótona y cerebral
te parecen la fuente, el jugo inviolable,
el santísimo secreto de la vida.
Eres más y más lo que repudias. Atraes división,
hielo, muerte entre los tuyos.
Dices: es hora de levantar incendios.
Brutal poder divino:
India desenterrada.
India obligada a la nueva identidad.
India recién horneada
con harinas y granos milenarios.
Fuerzas a India a salvar distancias irremediablemente temporales,
penetrando un lugar de tu memoria,
la creación imaginaria de tropos literarios
que te tiene enamorado.
India, un uniforme.
India sólo una. Muerte, exterminio a las demás.
India adelgazada.
Eso quieres.