Silencio preciso
Kanchenjunga visita la casa antigua. Tiempo para pensarse, para ganar robustez. Prometí no hablarle, no escribirle. Una promesa de esas altas, infranqueables, inquebrantables. Le promentí un silencio preciso y meticuloso. Y nos gusta el ejercicio. Demostrará los elementos; hablará de lo imposible; de lo que se sabe poco; del misterio del encuentro y la partida: de esos lugares que parecen infinitos dentro de algunos.
De este lado, mi mantra sigue el mismo viento del otoño: estoy hecho a los tiempos. Ya no requiero decidir de nuevo. Sin embargo, Kanchenjunga tiene un problema para seguir su camino, un contratiempo grande y aparatoso. Pero a ojos cerrados confío en su grandeza. Una grandeza frondosa y alegre. Crece mi firme convicción de que esa resistencia es poca cosa contra la voluntad de Kanchenjunga para invadir y allanar su propio camino. Ya veo sus pasos: caminando hacia el sitio que le espera: un lugar con el brillo de la locura por la vida: el lugar que le pertenece, ápice por ápice.
