día-eme
Ya lo tenía pensado. Iba a levantarse temprano, tomar la bolsa donde tenía guardada a su mamá y la llevaría a pasear. El plan le salvó de esa envidia que había sentido el año anterior cuando vivió su primer día-m sin madre. Al menos le protegió durante unos días. Tenía la convicción de evitar conversaciones maternales posteriores al día-eme. Todo el espectáculo y proceder terminaría ese día en algún cine de la ciudad o un café acomodado para mamis bien en Bosques, a donde a su mamá le hubiera gustado crecer.
Ernesto no se levantó temprano, había asistido a una presentación de un blog que se extendió hasta que un licuado de mamey tergiversó todas las palabras de los invitados. Cabe informar que desde el estreno de Musofobia, el blog comenzó a cobrar más y más relevancia en los círculos literarios, hasta que se convirtió en el anhelo de todo escritor serio. Las presentaciones de blogs fueron más selectivas que las de cualquier otro género y hasta se construyeron espacios reservados para la puesta online de los que prometían más talento.
Cuando se levantó, buscó entre sus notas la lista de actividades que había planeado para celebrar el día-eme:
1. Bañarme.
2. Cepillarme los dientes. “Después de todo mantendré intimidad en las pláticas con mi madre”, se dijo después de escribir este punto.
3. Localizar en Google Maps los cuatro o cinco destinos de paseo matriarcal.
4. Revisar la pila y el espacio disponible en la memoria de la cámara fotográfica.
5. Entrar a weather.com.
6. No desayunar omelette con queso y aguacate; iba a pasar el día con su madre: cualquier cosa podría pasar.
Salió de su casa pensando que un buen paseo, con sol y aire fresco le acomodaría bien a su mamá. Después de todo, su mamá no había salido ni una sola vez a partir de que llegó a su departamento. Había estado muy callada y con una interacción que no se exageraba si se etiquetara de pasiva en extremo. La había dejado a principio de enero en su cajita café en el clóset de la recámara que da a la iglesia y cuando volvió a mediados de marzo, su mamá seguía ahí, con la misma parsimonia que la había dominado en los últimos 18 meses.
Unos meses más tarde Carmencita, su hija, le pidió que la sacaran de la cajita, pues quería verla. Interactuar con ella. Desde ese día, la mamá de Ernesto disfruta de la luz solar, a través de la ventana. Ha presenciado atardeceres que dejarían boquiabierto a cualquier topo que recuperara la vista. Carmencita había tenido una relación muy estrecha con su abuela. Pero tenía tiempo que eso había cambiado radicalmente. Ernesto le insistía asiduamente que le llamara a su nieta, que dónde había quedado esa pasión, ese amor por la pequeñita. Nada. Ni una sílaba. No podemos culpar a Ernesto de que la declarara clínicamente deprimida. Cuando Carmencita le llamaba fuertemente, con esa energía y desenvolvimiento que la caracterizan, Ernesto volvió a guardar una pizca de esperanza. Nada. Ni una palabra, ni una caricia.
El día-m, Ernesto finalmente tomó algunas fotografías. Caminaron (en realidad su mamá no hizo ningún esfuerzo, se negaba tácitamente a caminar) del Zócalo al Hemiciclo a Juárez y no conversaron ni una palabra a pesar de que Ernesto le hablaba con un cariño ejemplar. “Mamita, pero anímese. Le he preparado un día muy especial. Si usted coopera, seguramente se divertirá mucho y cambiará ese rictus tan pulverizado que mantiene desde hace meses”. Nada. Ni un guiño, ni una sonrisa. Nada. Sólo se mecía con cada paso que Ernesto imponía en el asfalto.
Como sea, él la pasó bien. Su mamá le pasó el día lo mismo que cualquiera anterior. No probó su pastel ni el arroz con mole poblano que tanto disfrutaba años atrás. Ernesto sólo tuvo como consuelo que parte de su mamá estaba viva y saltarina en cada célula de su propio cuerpo: mitad su madre; mitad su padre. Desde ese año decidió no festejar a su madre directamente, ya había tenido suficientes desaires. Lo haría a través de lo que él mismo poseía de ella.

En la madre!
Comment by Mau — May 20, 2008 @ 8:39 am