boulevard de los padres
Estaba soñando que finalmente nos dejaban solos, vaya que deseo eso. De bote pronto quise continuar mi sueño y le llamé. Pudimos disfrutar de algunos minutos antes de que entrara en el sótano. Ahí conoce personajes muy divertidos. Le dan dinero por estar en el sótano. Parece que hace algún trabajo de valor ahí dentro. Es un sótano conocido en el medio. Incluso es un orgullo poder entrar ahí todas las mañanas.
Un día nevará tanto que el sótano crecerá como un edificio muy grande. Todos lo verán, como verán por qué entrelazábamos los dedos cuando éramos niños y sosteníamos la cabeza con las manos entrelazadas.
Ya muy pocos recuerdan que de niño uno aprendió esas cosas, como poner los dedos entrelazados. Uno jugaba a rotar las manos así y ver qué tan resistente era esa primera estructura. Uno va por la vida repitiendo eso. Construye estructuras, entrelaza vidas y luego, por distintas razones, se alcanza a ver la flexibilidad del ambiente en el que uno ya está suscrito.
Desperté en casa de alguien más. Reconocí el lugar al instante. Pude equivocarme: me cubría una cobija pirata. Bien hecha, pero pirata. No tiene las huellas de mis noches. Veré de nuevo a quien me sacudió ayer. No hicimos análisis; insistió que debería volver a pensar alguna decisión que había tomado treinta días antes. Ojalá traiga un espíritu menos combativo. No quiero que me contagie.
