No hay nada
Nada. Un día voy a olvidar el lenguaje. No me queda mucho tiempo.
¿Y ahora cómo le hago si he olvidado cómo vivir? Olvidé mi nombre y mi sobrenombre. Me pongo a caminar por la ciudad y olvido todos mis pasos. El mundo me hace cuágulo, renacuajo, chipote. Olvidé cómo comer. Trago pero no como. Estoy bajo la lluvia y me acecha la angustia porque he olvidado cómo nadar y cómo secarme. El trabajo es un recuerdo nebuloso, gris. Las caras, los avatares todo me resulta familiar, excepto yo. Es decir, no es que no reconozca mi rostro o mi ombligo. Sí, son los mismos camaradas de siempre. Pero es la percepción de mí mismo la que me abandona, la que salió por la puerta o la ventana y no ha vuelto.
No sé si esta es la experiencia de la muerte, si lo fuera estaría muy decepcionado. Esta sensación es insípida, ni siquiera se ocurren poses heróicas, frases románticas con las que cubrirse el frío. No, nada. Si la muerte fuera esto, de verdad que qué desilusión. Tanta palabra, tanto arte, tanto odio y amor por la muerte para que resultara este vomitivo insípido, insaboro que hoy tengo. Por eso no. No lo creo. La muerte debe ser otra cosa. Lo mío es peor, más desagradable.
Lo mío es el olvido. He olvidado. No me recuerdo. Estoy sujeto y no conozco lo que me sujeta o al menos, digo, lo he olvidado.
Yo soy polvo, olvido, deshecho. Eso ya es mucho decir. Decir en altavoz yo soy tal y cual es una grandilocuencia que no me queda. He olvidado quién soy, cómo es que se vive, para no hablar del para qué. No sé si yo sea polvo olvidado, sólo sé que estoy olvidado de mí y de los otros.
Sólo conservo un recuerdo. Suficientemente doloroso para preferir no ir en busca de otros más ni de generar nuevos. Ese recuerdo sustituye y conforma todo. Desaparecer en el olvido.
Estoy muerto y no quedo en la memoria de nadie. Estoy muerto y maldigo la muerte y mi memoria que ha dejado de asistirme. Olvido del deseo y del rechazo.
Olvido del olvido y de mí, olvidado.
Vida olvidada, muerte que no se olvida.
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