Gustavo Muñoz - justavo, kanchenjungo, zipi

August 24, 2008

Bolañismos

Filed under: Literatura

Además del loísmo, Roberto Bolaño en Los detectives salvajes utiliza dos o tres trucos bien montados, que atraen, que te mantienen con el libro o el PDF abierto.
Primero. Los personajes son desenfadados, incluso los que son más obsesivos parece que pueden olvidar algunos detalles sin importarles mucho. Hasta parece que se jactan de su mala memoria. Es una suerte de que les importa más la atmósfera de sus recuerdos que los recuerdos en sí. Eso gusta mucho en una novela para lectores de hoy. De verdad, no necesitamos más estrés. Al menos no cuando venimos a escoder un ratito para leer una novela en español en medio del caos (encantador, sí) de India. El espíritu ligero también se deja notar en la forma como los personajes se pueden quedar tranquilos ante respuestas esquivas o, incluso cuando no reciben respuesta a preguntas amables y hasta oportunas. Cuando narran, nunca expresan incomodidad, mucho menos enfado, por la intimidad o privacidad acentuada de algunos otros. Si no les contestan o lo hacen con un breve “no lo sé”, nunca se quejan. Yo quiero dominar, enseñorearme de esa cualidad. Tengo poco tiempo que ya me estoy tranquilo con esas respuestas, incluso de pronto, ya puedo hasta disfrutarlas ligeramente. Pero quiero estar seguro que ya siempre estaré sereno con ellas.
Segundo. Los personajes, que también son narradores –como indirectamente mencioné arriba–, gustan mucho de guardarse cosas para sí. Contestan algunas cosas a los otros personajes y se guardan algunas cosas para narrar su perspectiva. ¿Qué se habrán guardado exclusivamente para sí? Como siempre sucede con este tipo de técnica, después de algún número de páginas, el lector se siente mucho más cómodo que algunos personajes en la historia, más seguro, digamos. Esto también ayuda a neutralizar el estrés que cualquier narrativa imprime al lector. Leer una historia es muy parecido a regresar a ser niño, quizá por eso nos guste tanto leer novelas. Los niños nunca saben ni por qué están donde están ni por cuánto tiempo realmente estarán ahí ni exactamente dónde están relativamente con otros lugares donde han estado antes. Siempre se les informa el guión de su vida. Por eso es que una vez que dominan un nuevo lugar y se sienten cómodos jugando ahí y creando su propio micro-guión en ese escenario, no lo quieren dejar. Chingá, ya me adapté aquí, ya sé cuáles son los elementos con los cuales tengo que negociar e interactuar aquí, me estoy divirtiendo y ¿justo ahora quieres que me vaya de aquí? No, no me quiero ir. También por eso, me explicaba alguna vez un amigo casado con una sicóloga infantil, los niños gustan tanto de ver muchas veces la misma película o caricatura. Se la aprenden y entonces sienten que están en control de la situación. Un oasis de orden y poder en una vida caótica y subordinada. Pues así, Bolaño nos regala confidencias que nos dan un poco más de seguridad como lectores que, apostaría, varios personajes matarían por alcanzar. Sin embargo, tampoco lo arruina todo y puede mantener, al mismo tiempo, una tensión suficientemente atractiva para continuar pasando las páginas en busca de paz, del fin del laberinto.

Ahora sólo recuerdo esos dos. Si me vienen a la cabeza algunos otros, prometo compartirlos: aún no puedo ser tan esquivo.
También debo decir, mejor celebrar, que Bolaño tiene una capacidad creativa, una invención tan abundante como la lluvia del monsón. Y eso no es truco, eso es talento, genio, trabajo. No digo nada nuevo, pero quería decirlo.

Loísmo en Roberto Bolaño

Filed under: Literatura

Tengo que decir que me molesta el loísmo de Bolaño. Van tres que he notado (supongo que no he dejado de notar ninguno: soy abominablemente quisquilloso) hasta la página 256 de Los detectives salvajes. De otro lado, la novela me ha parecido buena. Aún no tan fuera de serie como para crear una nueva era en la narrativa latinoamericana (como lo hizo en su momento Cortázar y en su -otro- momento García), sin embargo, siento que algo grande va a pasar en la novela, no sólo en la historia de la novela (aunque eso también va a pasar, de eso no tengo duda), sino en la novela en sí, ¿me explico? Por cierto que la dupla Gárcía Márquez me parece muy parecida al binomio López Obrador. Es decir, parece que uno no puede nombrar a García sin decir Márquez porque los editores y quizá el mismo García se duelan de ello. Pero a todos los demás, tanto en la política como en la literatura, se les conoce por su apellido paterno. La oficina de comunicación del PRD no permite que a López se le llame así, sino López Obrador. Claro en su caso es aún más pedante, porque tampoco se le puede llamar Andrés López Obrador (para no hablar del imposible Andrés López o simplemente López, como se refieren a Calderón o a Fox o a Bush o a cualquier otro). No, o López Obrador o Andrés Manuel López Obrador, no más. Me gustaría que con esa lucidez y agudeza para hacer críticas en materia pública que en algunas ocasiones identifica a los lopezobradoristas, alguien se lanzara a contar cuánto nos cuesta en tiempo y dinero decir miles de veces en televisión y radio Andrés Manuel López Obrador versus Andrés López y todas las diferencias similares (no se me juzgue mal, yo aprendí, por un lado, a hacer estas reflexiones con los ejemplos que los lopezobradoristas han compartido entre los mexicanos, y por otro, otro Gabo –López-Calva, sí éste incluso con guión– me instó a pensar en algunos oximoron al día). Ahora bien, el caso de García, hay que decirlo, tiene una salvedad soberana, bien armada y con un appeal que hace callar fácilmente la observación: la gente le puede llamar –y lo hace– familiarmente Gabo aunque jamás haya cruzado palabra con él. Dicho eso, no deja de darme un poco de comezón esto del García Márquez en vez del García llano. Todo me fuerza a pensar que los directores de imagen consideran que apellidarse López o García no vende, al menos en política, periodismo (Gabo era periodista y desde ese tiempo, espero en bien de mi post, se le conocía como García Márquez) y literatura. Habría que añadir que ni en ebanistería, recordemos los muebles López Morton (que aunque muy probablemente son los apellidos de la familia no me importa, yo continúo con mi discurso). Pongamos algún orden aquí, está claro que la influencia de López en la decoración de los hogares mexicanos no se compara con la de López o García en sus respectivos intereses y por eso lo habíamos dejado de lado: en este post, faltaba más, sólo hablamos de asuntos de extrema importancia y si se puede, de urgencia notable también. En consecuencia –regresando a López, el político y García, el escritor– los mercadotécnicos agradecen a dios o la justicia que tan talentosos exponentes en su hacer, cuenten con otro apellido que les regale, política y bibliográficamente respectivamente, algunos puntos del márketshare. Está claro que si no les hubiera sonreído la suerte materna como lo hizo, literalmente estos artistas de la imagen podrían reclamarles, al menos, que qué poca madre.
Como iba diciendo, el loísmo de Bolaño aparece, en promedio, cada ochenta y cinco un tercio páginas de buena narrativa. (¿Por cierto, cómo se escriben con fluidez, para que no resulten pesados para un lector de buena voluntad, los racionales no enteros en español en medio de un texto en prosa? Carajo, qué complicaciones: me gustaría poner la expresión aritmética tal cual, pero se ve horrible. Por lo menos, esta vez, pude escoger una manera que no me causó salpullido. Se aceptan sugerencias). Volviendo a la cuenta de las ochenta y cinco un tercio páginas de Bolaño por cada evidencia de loísmo y dejando de lado que yo quisiera poder escribir unas, aunque sea un conjunto de ochenta y cinco páginas (regalándome el tercio) de buena narrativa, me gustaría preguntarle que por qué lo hacía, por qué. ¿Acaso fue un vicio peninsular que se le pegó y Bolaño no se dio cuenta? Lo dudo. ¿Será que se dio cuenta que comenzó a hablar y escribir diferente y le valió madres y hasta lo celebraba, como diciendo, sí pinches latinoamericanos en Latinoamérica, ahora hablo y escribo con algunas notas peninsulares y qué?, ¿o quizá lo hacía intencionalmente porque quería descubrir voces mediocres que, en vez de hablar del fondo amplio y la estructura explosiva de su novela, se concentraran en nimiedades que cualquier estudiante altanero de secundaria pudiera traer a la luz exponiendo el asunto como un tema de pesada erudición? Bolaño era capaz de esto último, ni duda cabe. Sí, cómo me gusta el humor de Bolaño, ora en sus textos, ora en su vida. A veces lo veo echado en un sillón riéndose de mí o de gente como yo. Por alguna razón, en el caso de él, me cae bien. Debe ser porque lo admiro. Caray, cuando alguien tiene la vida que tuvo Bolaño entonces se gana el derecho a decir en voz alta qué actitudes de algunos obedecen más a limitaciones y complejos que a otra cosa. Incluso se le agradece que se burle y que hable con claridad de ello. Inteligente y brillante seguro siempre lo fue. Pero lo que logró hacia el final de su vida fue esa rara y diamantina cualidad del equilibrio entre la burla aguzada y la prudencia política. Desgraciadamente (siempre cabe preguntar cuando uno dice desgraciadamente, ¿o afortunadamente?) no pudo escapar a la tentación de vivir una vida de novela, de ver sus propios días como parte de una historia (deja tú si fantástica o heróica, una historia narrable) donde sólo una enfermedad terminal puede vencer al protagonista, nadie más. Bolaño no hizo nada, o mejor dicho, no hizo todo para conseguir un hígado sano antes de que fuera demasiado tarde. Casi adivino que él mismo se debatía entre seguir el guión de la biografía en la que ya había invertido casi 50 años o hacer algo para echarla a perder. Casi lo imagino contestándose en términos de comparaciones sobre las líneas de tener una vida intensa (aunque quizá corta) y literariamente acabada o una donde la tensión se relaje y, peor aún, se distribuya durante más tiempo. Esos antecedentes explican fácilemente el hecho de que desconozca su segundo apellido. Él es Bolaño, en todo caso Roberto Bolaño. Nada más. Nadie menos.
(Con ese final me veo obligado a tomar un riesgo innecesario y desbalancear aún más el post: añado un caso que parece comprobar mi teoría sobre la imagen de un artista o político en referencia a sus apellidos: Gómez Bolaños. ¿Por qué Chespirito no es Roberto Gómez, sino Roberto Gómez Bolaños? ¡Chespirito, por dios!).
(Aclaración no pedida, acusación manifiesta, toma dos: López Calva es mucho más divertido que los otros ejemplos. López Calva ha servido en numerosas ocasiones para vertir humor y/o creatividad lingüística y folklórica (albur). Nada más considere las siguientes variaciones a un tema poblano: lopezcastes, lopezculpas, lopezcantas, lopezkywalker ó lopeskywalker, lopezcagua. ¿Lo ven?, no todo cae en el mismo cazo. Ojo con las semiótica de Sanborns, simplista y estereotípica, que ni es semiótica y representa un serio un peligro para el juicio y la fama).

August 23, 2008

Wordle cloud

Filed under: Personal

Cloud

Tip tomado de b3co.

Noche ilegal, noche en India

Filed under: India

Es una pena que en India las noches sean ilegales. Ni vender biryani de huevo es legal aquí después de la una de la mañana. Sólo en los hotelones se vale tener coffee shops abiertas toda la noche. Entonces, me veo forzado a venir a estos lugares de mármol. Silos que no me dejan respirar bien a la India que más me gusta. Como me dijo un alemán esta noche mientras oíamos a una cantante extraordinaria de jazz, este hotel es como cualquier otro en cualquier otra parte del mundo. La cantante india no lograba proyectar el glamour que una cantante de jazz quisiera para equilibrar la voz y la figura. La voz era redonda; caramelo y pimienta, sugerente por demás. La comparación me la guardo porque no sería justa o al menos, no sería prudente.
En este mismo hotel, en el bar, te venden un café (illy, hacen la aclaración) por 350 o 450 rupias (80 ó 110 pesos). A cinco minutos, en una esquina venden café con leche bien azucarado por 3 rupias. En el coffee shop (déjenme, por Dios, seguir llamándole así) debe ser más barato que en el bar, porque no aclaran que sea illy ni te dicen sir por cada dos palabras que pronuncian. El lugar es encantador, pero está claro que me ayudaría a escribir mejor un lugar donde haya menos inversión extranjera directa.
Decía que las noches son ilegales en India. La policía se asegura que no haya comercio culinario después de la 1 de la mañana, sin mordida. Con mordida, no más allá de las 2.30 de la mañana. Ser escritor aquí debe ser difícil. Los escritores gustan de la oscuridad para escribir. No debe ser cierta esta frase, al menos no del todo, pero la escogeré para generar controversia la siguiente vez que esté aburriéndome en una conversación con más de dos personas, o cuando comience a temer que me voy a aburrir pronto.
De noche extraño el DF. Extraño las taquerías. Pero sobretodo echo de menos El Popular en 5 de mayo, su café con leche y esas enchiladas con salsa de chile de árbol a las 3 ó 4 de la mañana. En Andheri West el egg bhurji es delicioso y el biryani de huevo también. Es callejero, barato y todo lo que un bohemio-wanabe necesita para vivir contento. Pero no lo encuentras después de las 2 de la mañana. India me complace, me satisface del todo, excepto de 2.30 a 6.30 de la mañana. Justo la hora en la que escribo estas líneas desde las sillas casi-groseras que la inversión extranjera en India colocó aquí con wireless y buffet.

Narrativa

Filed under: Personal, India

Con toda la narrativa que he consumido, digerido en estos días, ya debería tener historias de sobra bien armadas de mi paso por India.
Las ganas de ser narrador en vez de poeta me vienen de recién. Hasta puedo decir que me siento raro diciendo que quiero escribir prosa. Quizá todo sea por mi pasión por mimetizarme. A ver, hay que dejar claro que es diferente mimetizar que mimetizarse. Eso queda mucho mejor cuando uno viaja. Yo me hago otro y me pierdo. Ser todos para no ser nadie cuando viajo. ¡Qué frase más cursi! Bueno, ni yo sé bien qué hago viajando.
Y tampoco sé si decir que me gusta leer más poesía que novela. Cuando comencé a leer, quiero decir, a leer de de veras, yo leía novela. Creo que es un comienzo más bien común.
La poesía como pasatiempo de un villamelón la tomé al terminar la universidad. Cuando dejé la vocación por el Opus Dei. Digamos que de fascista a lector descuidado de poesía. Así lo digo aunque no sea cierto. Cuando yo dejé el Opus Dei me la pasé leyendo ensayo. Necesitaba ideas poderosas que limpiaran, que removieran el moho que las ideas recalcitrantes de Barbastro habían dejado en mi conciencia. La poesía vino un poco después. Mucho después me entusiasmé por las biografías. La de Wittgenstein ha sido la que más he disfrutado.
¿Habrá quien que a la pregunta de y tú qué lees, responda yo leo la wikipedia, así directo y desfachatado? Yo creo que sí. Incluso creo que no se requiere tanta ligereza para articular una respuesta así. Todo tiene que ver con mis prejuicios.
¿Por qué no duermo?, ¿por qué invento que tengo que mantener mi blog y no dormir? Me duele el ojo izquierdo, creo que ya debo tener un derrame, pero como sea, no me voy a la cama. Prefiero estar en este lugar de mármol y consumiendo tanto café como mi estómago logre soportar. Son las tres de la mañana. Veo a la primera pareja besarse a plena luz artificial en un coffee shop en 6 meses de estar en India. Bien valió la pena la espera y la vigilia. Hoy no tomé chai, sólo café.

August 16, 2008

India, tercera llamada.

Filed under: India

Namaskar.
En este tercer viaje ya he hecho dos cosas importantes que no había hecho en India: viajar en los trenes locales de Mumbai e ir al cine a ver una película bollywoodense. El tren local no fue gran cosa. Me gustó ver a la gente ahí, el ritmo del tren, el bochorno, las sonrisas cuando saco fotos. Sin embargo, a decir verdad, tampoco encontré gran riqueza en la experiencia: íbamos Sunil, Prafull, Kshitij, Mahendra y yo hacia un bar en el sur de Mumbai –Leopold’s–. Un lugar al que fui en alguna ocasión anterior.
Pero regresando al tema del tren local, si quiero alguna emoción y alguna experiencia sin protección de mis amigos maharashtras, tengo que ir solo. Sí, tendré que encarar el ligero problema de que prácticamente todos los señalamientos están en hindi, usando devanagari como sistema de escritura. Ir solo es un poco aventurado pero es justo lo que, si estás a 16,000 km de casa quieres hacer. La gente en la oficina me dice que no vaya. Me repiten eso porque les da miedo que me asalten o que me pierda. Son muy gentiles, de verdad. Creen que quizá me sorprenda algún carterista o algún tipo de ladrón de ese nivel: si vieran el entrenamiento que uno recibe en el metro de la Ciudad de México. Por otro lado, lo de perderme no me preocupa. Regresar es muy fácil. Los departamentos en los que estoy viviendo están muy cerca del aeropuerto y cerca de una vía rápida. Cualquier taxi o rickshaw me puede llevar de regreso sin problema. Incluso, siendo sincero, me da un poco de pena no poderme perder de veras.

Ir al cine sí fue otra cosa. Kshitij compró los boletos a medio día. Antes de ir al cine fui de compras. Era Día de la Independencia y había descuentos muy buenos. Prafull me acompañó al Oberoi Mall –uno de tantos modernos, limpios, espaciosos malls que pueblan Mumbai. No llovía cuando llegamos. Tampoco había señales especialmente amenazantes en el cielo. Cuando salimos 70 minutos después de haber llegado estaba lloviendo a cántaros. Nos mojamos pero llegamos a tiempo al cine. Kshitij tardó un poco en llegar. Sunil ya nos esperaba. La primera sorpresa fue que los boletos son numerados, con asiento numerado como en el teatro. Ellos dicen que está muy bien porque está bien organizado. Yo digo que les generan la impresión de ir a un espectáculo, más que una función repetitiva. La película, lo sabía –yo mismo escogí el filme– fue un churro bollywoodense, pero quería ver en pantalla a la misma pareja que me atrajo por vez primera al cine de Bollywood: Akshay Kumar y Katrina Kaif. Vimos Singh is Kinng. Es paradójico pero lo más emotivo de mi experiencia en el cine sucedió antes de que propiamente empezara la función. Antes de pasar la película ponen el himno nacional con la bandera en todo lo ancho de la pantalla. La gente se pone de pie y canta. Sí: ¡canta! Es decir, uno entiende que la gente pueda seguir con los labios la letra del himno. Pero que canten como para que se oigan sus voces, eso sí me conmovió. A los que me conocen no les sorprenderá que terminé con muchas lágrimas en los ojos estando ahí parado.
La película tenía todo lo que esperaba: canciones, bromas del nivel del Chavo del 8 (pastelazo, tropiezos, etc…) una y otra vez, historia de amor improbable que termina realizándose y algunos discursos conmovedores. No entendí palabra por palabra nada. Las películas están habladas en hindi y no hay subtítulos (¿como para qué habría si la gente habla hindi?). Pero entendí toda la película porque es obvia. No me sorprendió mucho, pero no dejó de llamarme la atención que la gente se riera con las bromas del Chavo del 8. El otro punto es que las películas tienen intermedio. Sí, lo escribí bien: las películas. En el momento donde el enredo está en su cumbre, ahí la película se detiene y el máster original dice: “Intermission”. Me recordó (como muchas cosas en India en términos de infrastructura y de moda –más sobre eso en algún post en el futuro cercano) al México de los 70 y principios de 80. Me encantó ver el tipo de golosinas y botanas venden en el cine (aunque sí hay palomitas).

Después fuimos a cenar Sunil, Kshitij y yo a un lugar de biryani en el norte de Mumbai. Estaba decente, pero era la víspera de mi visita a Hyderabad y mi corazón está puesto en ese tercer biryani vegetariano de Gufaa en Basheerbagh. Por cierto, estoy en Hyderabad ya y a punto de ir ahí. Ya les contaré si sigue siendo mi lugar favorito.






















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