Año nuevo en Oaxaca
Algo tenía que escribir del Año Nuevo. Ya no tengo 20 para insistir que nada cambia con el cambio de año. Es decir, puede que no cambie nada. Si cambia es porque queremos que cambie. Es todo. Pero: ¿como por qué no querríamos que cambie?
Este año nuevo lo pasé en Oaxaca con Andrea y otro matrimonio. Estuvo excelente. Nos fuimos el viernes en la mañana (2 horas después de lo planeado, gracias a Pluuutis y a mis vecinos que tenían que mover sus coches). La noche anterior sólo dormí 2 ó 3 horas puesto que tuve que meterle una lavada cabrona al Astra: íbamos a viajar en mi coche.
Yo manejé, eso estuvo de huevos. Digamos que lo que me gusta más, inmediatamente después del sexo sin amor, es manejar en carretera. Aunque había dormido 3 horas y los días anteriores tampoco había dormido muy bien gracias a la gripe y tos que aún tengo, la verdad no tenía sueño ni me sentía cansado. Así que cada vez que veía un letrero de “No maneje cansado” no sabía bien a bien qué hacer. De pronto sentía que si alguien me pusiera ante un tribunal no tendría pruebas para hacerles ver que no estaba cansado y entonces cualquier acusación en sentido opuesto debería terminar en quitarme del volante. Bueno, como es natural en mí, esa paranoia me trajo ciscado todo el trayecto. Ese primer día en Oaxaca yo parecía burro lechero y me quedaba dormido en cualquier banquita que me regalara un espacio. Me tomaron diversas fotos dormido en lugares propios de homeless.
Hicimos lo que hay que hacer en una visita a Oaxaca. Caminar por todo el centro, visitar las iglesias, comprar mezcal, disfrutar de la galerías de arte, comer en todos los mercados, ver mucha artesanía, mucho barro negro y alebrijes (fuimos a San Bartolo Coyotepec donde compramos artefactos de ambas categorías) y visitar ruinas.
En el Mercado 20 de noviembre hay que comer, en la Central de Abastos hay que comprar un algo y desayunar delicioso, en el Benito Juárez hay que comprar artesanía textil.
La iglesia de Santo Domingo un top de la ciudad y de México entero, qué puedo decir, es impresionante. No tengo mucho qué agregar a los cientos de libros que ha causado esa obra. La iglesia de la Soledad es, por mucho, la más cálida. No deja de tener un interior impresionante, con todo y que a unos cientos de metros esté Santo Domingo. Pero lo que hay que destacar es que la iglesia de la Soledad es la iglesia del pueblo. El primero de enero, temprano, mi cuate recorrió amplias áreas del centro de la ciudad y al pasar por esta iglesia no dejó de impresionarse por lo llena que estaba y lo devoto de los feligreses. Después, en la noche, fuimos los cuatro y volvió a llenarse, estaba, textualmente, hacinada de gente devota. Era como presenciar un culto Budista en plena China en un pueblo realmente devoto. Fue una experiencia de culto auténtico, culto del pueblo. Claro, no nos quedamos a toda la Misa, pero lo que presenciamos nos encantó.
Afuera de la iglesia de la Soledad venden buñuelos y champurrado. No dejamos de probarlo y eso dio pie a conocer otra costumbre de por allá en Año Nuevo. La gente va y come buñuelos en platos de barro y cuando termina de comer tiene derecho a estrellarlos contra el piso, no sin antes pedir un deseo para el año que comienza. Es muy interesante, cómo la superstición comulga con la fe católica (que prohibe la superstición) en la misma cuadra. Esa es la fe de pueblo, la fe que mantiene viva una religión. Una maravilla cultural, sin duda. También vimos la Catedral, que la verdad no me impresionó tanto como las otras dos.
Fuimos a Monte Albán y aquí les doy un consejo: antes de recorrer todo el complejo arqueológico, recorran el museo. Neta entiendes y te das mucha más idea de todo lo que ves en las ruinas si antes vas al museo. Nosotros lo hicimos al revés, pero sí reflexionamos que lo mejor hubiera sido en sentido inverso. Mitla muy pequeño, pero impresionante. Yagul fue el descubrimiento de todos. En el Fodor’s mencionaron esas ruinas y nos lanzamos a visitarlas. Vale mucho la pena el recorrido de 2 kilómetros que hay que hacer subiendo por un cerro, recorriendo juegos de pelota, laberintos y fortalezas arriba en la cima. Parece que el juego de pelota de Yagul es de los más antiguos en todo Mesoamérica. Muy impresionante.
En San Bartolo Coyotepec fuimos al taller de Doña Rosa, la inventora del Barro Negro brillante. Todavía su hijo está ahí para dar demostraciones de la técnica, clases interactivas donde uno mismo puede tener contacto con el material que usan los alfareros. Desde que leí La Caverna de Saramago, tenía muchas ganas de conocer a un alfarero entrado en años. El hijo de Doña Rosa cumple con todo lo que buscaba. Fue una experiencia muy intensa. Saliendo del taller encontramos tres alebrijes hermanitos (dos son siameses, de hecho) que decidimos comprar los cuatro viajeros. Andrea y yo nos quedamos con los siameses, mientras que el hermano solitario se lo quedaron ellos.
El regreso también lo manejé yo, también entusiasmado y aunque, gracias al tráfico en las casetas, transcurrieron 8 horas desde que salimos de Oaxaca hasta que llegamos a mi casa (contra las 4.40 de ida), terminamos cantando muchas rolas en las últimas dos horas de camino. Estuvo muy padre.
Así pues, fuera de que recaí gravemente de la gripe cuando llegué a México, este viaje a Oaxaca quedará en mí como uno de los más gratos. Sobretodo porque fue la primera vez que andar de mercado en mercado, de artesanía en artesanía, lejos de aburrirme me entusiasmó intensamente. Y también porque vimos que el matrimonio con el que fuimos y nosotros tenemos una forma muy semejante de disfrutar los viajes… Es padre tener amigos, seguro; pero amigos con los que puedas compartir un viaje ya no es tan común y es algo que los cuatro valoramos mucho.
