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June 16, 2008

Morir y chupar faros

Filed under: mamá-muerta

Hoy mi mamá cumple dos años que falleció. Está bien, así se dice y la gente entiende qué cara tiene que poner y emplea sus herramientas de empatía y demás. Todo eso es sabroso y bueno; yo mismo lo hago y disfruto dar soporte a los amigos. Otras formas honorables que me divierten incluye entre otras “se nos adelantó”, la simplona “murió” y cuando el deceso es muy reciente es muy común que la llamen “el cuerpo”, “el cadáver”, “la finada”, “la difunta” o más mexicanamente “la difuntita”. Todas esas son honorables; se pueden decir en casi cualquier foro y circunstancia.

Pero los mexicanos tenemos formas más chuscas para llamar a la muerte y celebrarla. Y me gusta también contar así que mi mamá murió. Así que aquí van esas formas, mezcladas con algunas reflexiones rápidas. Así es como más me gusta mencionar mexicanamente la muerte de mi mamá.

Me la pasó Erika; dice que la tomó en Irlanda En París. También la tomó Erika. Una tienda de ropa interior: YamamaY. Precioso.

Mi mamá chupó faros hace dos años. Ayer un familiar muy cercano trataba de recordar algo que había pasado y decía que tenía como 2 años o más de eso y dadas las circunstancias del hecho, estaba implícito que mi mamá ya había bailado para ese momento. Ese episodio pasó hace poco más de un año. Lo que resultó revelador para mí es que, a pesar de que mi mamá colgó los tenis hace apenas dos años, hay familiares muy cercanos que ya muy pronto perdieron del radar que hoy mi mamá cumple dos años de que se la cargó el payaso. Está bien, yo tampoco soy adorador de aniversarios. Es más, no estoy seguro que hoy sea el mero día. Cuando tomó pista lo último que hice fue memorizarme la fecha. Tuve otras cosas más íntimas qué pensar y sentir. Pero, como sea, me llamó la atención.
Revisando con más cuidado toda esta situación, creo que no se puede decir que mi mamá cumpla dos años de que se la chupó la bruja: mi mamá ya no cumple nada. No existe más, de modo que no es posible que realice acción alguna. Somos nosotros, más bien, los que hemos vivido dos años más desde que a mi mamá se la llevó la dientona.
En estos 24 meses desde que mi mamá estiró la pata he reconfigurado muchos elementos que ella dejó en mí a pesar del sano distanciamiento que tuvimos por algunos años. Desde que entregó el equipo, yo he podido volver a pensar y acercarme a mi mamá con mayor confianza sabiendo que más daño no podrá venir; por el contrario, puedo volverme a ella y, por un lado curar y entender, y por otro, reentontrar algunas joyas que había en su proceder.
Recuerdo el momento justo cuando se petateó, después de una agonía de 48 horas, más o menos. Creo que es el recuerdo que más dolor me causa de todos los que tengo. Ella no quería clavar el pico, incluso después de que el corazón reventó, aún tuvo el reflejo de volver a respirar una vez más. Ese fue el último. En ese instante no sólo ella mamó, sino también muchas cosas más. Sin embargo, se trata de una muerte que, estoy decidido, tiene que servir para muchas cosas que ella hubiera querido hacer bien y que no pudo hacerlas así. Tengo algunas tareas que terminar antes de que me lleve Judas.

Mi madre se fue a Morelia. Su familia es de Michoacán y justo pasó algún tiempo de su infancia por allá. Para los que gustan de ver todo como un ciclo, pues ahí está otro más para su colección.

Eventos simpáticos, por llamarles de alguna forma, los hubo cuando se supo que ya morongas.

Le avisamos al servicio funerario. El diálogo no lo escuché pero lo adivino (cualquier mexicanismo es de mi autoría, Andrea, quien avisó, quiso mucho a mi mamá y la cuidó heróicamente, fue una muestra infinita de amor y cuidado):
- Llamo para decirles que ya bailó Berta las calmadas.
- ¿Yamamoto?
- Sí, ya caminó.
- Bueno, terminamos de comer y vamos para allá.

Pasaron como 40 minutos de que mi mamá se había enfriado y el servicio no llegaba, entonces volvimos a llamarlo, porque ya querían llevarse el cadáver. Aquí el diálogo (de nuevo, los mexicanismos son míos):
- ¿Bueno?
- Sí, ¿qué pasó?.
- Pues ya ve que a Tony se la llevó Pijas, necesitamos que vengan ya.
- Ah, sí. Es que vinimos a comprarnos unas chamarras porque teníamos un poco de frío. Pero ya vamos para allá.

Claramente yo no juzgué ni juzgo la reacción del servicio funerario. Cada quien reacciona cuando a alguien se lo carga la huesuda de manera diferente, cada quien se protege de forma diversa y con todo derecho. Pero como sea, la anécdota es una joya.

May 15, 2008

día-eme

Filed under: mamá-muerta

Ya lo tenía pensado. Iba a levantarse temprano, tomar la bolsa donde tenía guardada a su mamá y la llevaría a pasear. El plan le salvó de esa envidia que había sentido el año anterior cuando vivió su primer día-m sin madre. Al menos le protegió durante unos días. Tenía la convicción de evitar conversaciones maternales posteriores al día-eme. Todo el espectáculo y proceder terminaría ese día en algún cine de la ciudad o un café acomodado para mamis bien en Bosques, a donde a su mamá le hubiera gustado crecer.
Ernesto no se levantó temprano, había asistido a una presentación de un blog que se extendió hasta que un licuado de mamey tergiversó todas las palabras de los invitados. Cabe informar que desde el estreno de Musofobia, el blog comenzó a cobrar más y más relevancia en los círculos literarios, hasta que se convirtió en el anhelo de todo escritor serio. Las presentaciones de blogs fueron más selectivas que las de cualquier otro género y hasta se construyeron espacios reservados para la puesta online de los que prometían más talento.
Cuando se levantó, buscó entre sus notas la lista de actividades que había planeado para celebrar el día-eme:
1. Bañarme.
2. Cepillarme los dientes. “Después de todo mantendré intimidad en las pláticas con mi madre”, se dijo después de escribir este punto.
3. Localizar en Google Maps los cuatro o cinco destinos de paseo matriarcal.
4. Revisar la pila y el espacio disponible en la memoria de la cámara fotográfica.
5. Entrar a weather.com.
6. No desayunar omelette con queso y aguacate; iba a pasar el día con su madre: cualquier cosa podría pasar.

Salió de su casa pensando que un buen paseo, con sol y aire fresco le acomodaría bien a su mamá. Después de todo, su mamá no había salido ni una sola vez a partir de que llegó a su departamento. Había estado muy callada y con una interacción que no se exageraba si se etiquetara de pasiva en extremo. La había dejado a principio de enero en su cajita café en el clóset de la recámara que da a la iglesia y cuando volvió a mediados de marzo, su mamá seguía ahí, con la misma parsimonia que la había dominado en los últimos 18 meses.

Unos meses más tarde Carmencita, su hija, le pidió que la sacaran de la cajita, pues quería verla. Interactuar con ella. Desde ese día, la mamá de Ernesto disfruta de la luz solar, a través de la ventana. Ha presenciado atardeceres que dejarían boquiabierto a cualquier topo que recuperara la vista. Carmencita había tenido una relación muy estrecha con su abuela. Pero tenía tiempo que eso había cambiado radicalmente. Ernesto le insistía asiduamente que le llamara a su nieta, que dónde había quedado esa pasión, ese amor por la pequeñita. Nada. Ni una sílaba. No podemos culpar a Ernesto de que la declarara clínicamente deprimida. Cuando Carmencita le llamaba fuertemente, con esa energía y desenvolvimiento que la caracterizan, Ernesto volvió a guardar una pizca de esperanza. Nada. Ni una palabra, ni una caricia.

El día-m, Ernesto finalmente tomó algunas fotografías. Caminaron (en realidad su mamá no hizo ningún esfuerzo, se negaba tácitamente a caminar) del Zócalo al Hemiciclo a Juárez y no conversaron ni una palabra a pesar de que Ernesto le hablaba con un cariño ejemplar. “Mamita, pero anímese. Le he preparado un día muy especial. Si usted coopera, seguramente se divertirá mucho y cambiará ese rictus tan pulverizado que mantiene desde hace meses”. Nada. Ni un guiño, ni una sonrisa. Nada. Sólo se mecía con cada paso que Ernesto imponía en el asfalto.

Como sea, él la pasó bien. Su mamá le pasó el día lo mismo que cualquiera anterior. No probó su pastel ni el arroz con mole poblano que tanto disfrutaba años atrás. Ernesto sólo tuvo como consuelo que parte de su mamá estaba viva y saltarina en cada célula de su propio cuerpo: mitad su madre; mitad su padre. Desde ese año decidió no festejar a su madre directamente, ya había tenido suficientes desaires. Lo haría a través de lo que él mismo poseía de ella.

April 8, 2008

mamá en cama

Filed under: mamá-muerta

mamá en cama
Así luce mi mamá en cama.
Sábana, bolsa, mamá, cabecera.

October 7, 2007

noche-madre

Filed under: mamá-muerta, Poesía

me sorprendieron todos sus brazos humanos
cuando la noche renunció a su máscara expresión

ahí te estaba velando, de noche
allá jornaleros trabajan: aquí oscuro; allá mediodía
hueco el estómago
vacía de piel estabas
y tus huesos:
goznes articulados que no volviste a usar

era noche,
algunas mujeres vendían su sonrisa en prosa,
incomparable arrecife de máscaras exquisitas,
vendimia de expresiones humanas;
nosotros acá, de este lado del velorio,
no teníamos más que tu cuerpecillo trémulo,
restos de un festín
que yo me negaba a clausurar

aquí, –lo hemos visto–
lejos de la cajita donde te metimos,
hombres y mujeres gateando por un poco de cocaína,
vacíos en busca de la realidad con la que te mezclaste,
vasos prudenciales que prometen
un reino que nadie ha visto:
tu muerte sellaba la nada

contrataste a la ausencia como tu representante
y ahora sólo puedo conversar con ella

nosotros acompañábamos tu medio cuerpo
ya limpio
y sin humanidad

May 11, 2007

Día sin madre

Se amarilló la sala con tus zapatillas. Te vaciaron las catarinas en el pelo. Estamos sentados. –¿Cuántas salas tenemos?

Tunick vino un rato. Se orinó en algunos comentarios. No hizo falta que él lo hiciera, había gente desnuda lista con su vejiga llena para vencer cualquier contratiempo. Miedos que no pueden llamarse miedos. Travel Pass, Elite Level. No funciona la terminal si es de esas de chip, señor. Teníamos efectivo para la pizza.

Eso me recuerda una visita a una librería del Fondo. Comprobé frente a todos que mi secuencia de ADN es la misma que guardan los chips de mis tarjetas. Como no se veía la banda de la firma, no la recibieron. –¡Pero es mi ADN!, dije en voz alta. –No aceptamos ADN, señor.

¿Cuánto tiempo debe pasar para hacer cenizas los huesos de mi madre? Son pedacitos de hueso. Hoy los vi. Los toqué a través del plástico. Ni los crematorios públicos son eficientes. Cuatro o seis horas y apenas consiguieron pedacitos de hueso. Antes de entrar a él me preguntaba qué tan disímbolo sería el ambiente de un crematorio público al de un baño público. No pude saberlo; nadie me lo dijo después. Puse atención en otra cosa: la muerta me atraía.

No tocarnos. Quiero fijar el lugar donde estaré sentado junto a ti. A tu lado: no confundamos la tertulia. La tensión de no saber una verdad que no interesa. Vivir en cuartos simétricos, separados por un cristal. Transparencia de piso a techo.

Insistes en tu calidad de animal. Lloraste sola en un tren.

August 26, 2006

Lo dijo

La marcha era temporal. La vería por aquí. De una u otra forma, mi mamá no se moría. Ella nunca se iba a morir. Yo era niño, yo le pregunté. Aquí está la imagen, nadie me desmiente. Ella sonreía y con gran confianza me dijo que no. Que no me preocupara. Entonces yo le creí. Incluso cuando la velamos, cuando la hicimos añicos y cenizas, yo sabía que ella iba a andar por aquí.
Ella me dijo que no se iba a morir.

August 22, 2006

El cello, la muerte.

Estoy totalmente absorto por el concierto de violonchelo de Elgar. No lo había escuchado con la atención con la que ahora estoy disfrutándolo. Y sí, para los que se lo preguntaban, estoy escuchando una versión con Jacqueline du Pré.
Desde que murió mi mamá, mi interpretación y sensibilidad por la muerte es distinta. De pronto, sin nada que lo pudiera prever, me descubro llorando, me asalta la pérdida y el recuerdo. Ha sido mi mamá la que murió; pero también Jacqueline y su violonchelo y sus manos y su intensidad. La muerte me ha provocado risa, contradicción, contratiempo, tristeza, llanto. No sé cuál sea mi forma preferida. No quiero pensar en ello.
¿Qué es realmente el sonido que Jacqueline le arrancó a su Stradivarius?, ¿dónde está ese cuerpo intangible?, ¿dónde está el mensaje?, ¿dónde el corazón de Jacqueline vibrando con las cuerdas de su cello? ¿Qué, en definitiva, es una grabación?, ¿dónde está el pasado?
Esperé para encontrarme con Jacqueline. Quise dejar pasar el tiempo para poder enamorarme de ella. Creo que atiné el momento. No debía verla ni dejarme ser visto sin que mi madre hubiera muerto. La configuración de idea de mujer y muerte está siendo reconstruida. Jacqueline entra en la escena justa, exacta, perfecta. Añade las observaciones y la intensidad que le dan al absurdo su (in)debida medida.
¿Qué eres, cuerda?, ¿qué te hace incrustarte donde no te había llamado?, ¿por qué en definitiva te busco? Nota, cuerda, manos, caja, partitura, mujer, sudor: ¿dónde estás? Llegas y te marchas. Es lo mismo, siempre lo mismo. Pueden ser años, digamos unos cuarenta y dos, o bien, se puede tratar de un instante. Todo pasa.
La muerte también despierta otra vida. Una vida después de la muerte. No la del muerto, que esa ya está, sino la vida de los vivos. Yo he visto gente que es otra después de la muerte. Me pregunto si realmente son otros o el poder que ejercía el superyo fue vencido con esta muerte. Sí, lo sé. Se trata de eso. Un superyo vencido.
Elgar no me importa. Las trampas y las interpretaciones llaneras de un testamento tampoco. ¿Qué más da si el yo del autor del testamento ya no es rival para quien lo interpreta? La debilidad de la ausencia rige la vida, vigila maniatada la interpretación. Continuamente comparo la interpretación que Jacqueline le dio a las notas muertas y la que se le da al testamento y a la pobreza de mi gente. Por eso lloro. Porque todos deberíamos tener un violonchelo para leer cada testamento. ¡Las manos de Jacqueline para leer un testamento! ¡Su intestino, su pasión que sigue creándolo en la tumba!
Simplemente sucede. No lo evito. Sucede. No lo provoco. Sucede.
El terso devenir de los hechos. Las voluntades últimas de los muertos. Las conversaciones privadas.
Nos limpiamos con el lenguaje.

June 19, 2006

Poemas japoneses a la muerte

Estamos en la vena del adiós, del viaje a la nada. Ella camina juvenil: morimos igual hombres que perros que ballenas. Como dice el poeta Toko:

Los poemas a la muerte
son un engaño.
La muerte es la muerte.
Jisei to wa
sunawachi mayoi
tada shinan

Sin embargo, mientras sigamos vivos podremos sentir la oscuridad perenne como nos lo permitamos. Unos con el paliativo de que no es muerte sino viaje a mejor vida; otros simplemente como no-existencia. Lo que sea, pero en Japón han habido muchos hombres –monjes Zen y poetas de Haiku– que la han reflexionado originalmente, ya en su lecho, ya en sus brazos. Vale la pena escucharlos:

Muévete, oh tumba,
el sonido de mi llanto
es el viento del otoño.
Tsuka mo ugoke
waga naku koe wa
aki no kaze
-Basho
Últimamente las noches
amanecen
blancas como la flor del ciruelo.
Shiraume ni
akaru yo bakari to
narinikeri
-Buson
La corriente
es fría. Guijarros
bajo los pies.
Yoku mizu to
tomo ni suzushiku
ishi kawa ya
-Chiboku
Sopla si quieres
viento de otoño. Todas las flores
se han marchitado.
Fukaba fuke
hana wa sunda zo
aki no kaze
-Gansan
Cielo claro.
Por el camino por el que vine
vuelvo.
Sora saete
moto kishi michi o
kaeru nari
-Gitoku
Una hoja se va, y
otra se suma
al viento.
Hito-ha chiru
totsu hito-ha chiru
kaze no ue
-Ransetsu

No eres los otros

No te habrá de salvar lo que dejaron
escrito aquellos que tu miedo implora;
no eres los otros y te ves ahora
centro del laberinto que tramaron
tus pasos. No te salva la agonía
de Jesús o de Sócrates ni el fuerte
Siddharta de oro que aceptó la muerte
en un jardín, al declinar el día.
Polvo también es la palabra escrita
por tu mano o el verbo pronunciado
por tu boca. No hay lástima en el Hado
y la noche de Dios es infinita.
Tu materia es el tiempo, el incesante
tiempo. Eres cada solitario instante.

-Jorge Luis Borges (también conocido, presidencialmente, como José Luis Borgues)

Recuerdo a mi madre

Yo recuerdo a mi madre. Sus defectos, sus aciertos. Sí, la muerte da un sesgo más trascendente a cada acto que le recuerdas. Tienes que hacer la cuenta y el equilibrio. Debes tomar todo mucho más en perspectiva, de otro modo no estarías considerando que ya no existe más esa persona. Esto hace que algunos errores tengan un peso más ligero que cuando estaban frescos. Pero eso también es verdad con los aciertos… Excepto que tú mismo les des más peso y vivas mejor a través de los elementos positivos que te dio tu madre y superes los errores. De esa forma, depende de ti si los aciertos de tu madre están dentro de ti y los defectos fuera, atrás. Es muy constructivo saber qué quieres ser y qué no quieres ser. Para eso también sirve tu madre. Es decir, como en muchas cosas en la vida, depende de uno si cualquier experiencia te construye o te destruye.

Yo recuerdo a mi madre y me hace mucho bien recordarla. La amé, a veces color rosa, rojo, a veces gris, de pronto negro. No fuimos los mejores amigos, no podíamos conversar mucho. No tengo un nexo tan fuerte con alguien como el que tuve con ella. El amor no es rosa, no es de ningún color. Es un nexo que te hace caminar acompañado. Un ser amado a veces te guía, a veces lo guías. En ocasiones desprecia tu camino, en otras se enorgullece.
Una madre es como cualquier otro ser humano, excepto para su hijo.

Clichés para tu luto

Es curioso, pero para atravesar la muerte de tu madre puedes recurrir fácilmente a clichés baratos y no te va a ir tan mal. Siempre y cuando tengas la fuerza, la valentía de vivirlos a rajatabla:

  1. Dejar fluir tus sentimientos, no te reprimas.
  2. No dejé mi humor negro atrás. ¿Por qué lo iba a hacer?, ¿tengo algún compromiso con alguien que me impida reírme del absurdo de la muerte enfrentito de los vivos? Que se incomoden los que no pueden reírse de su muerte. Llora o canta, lo que quieras. ¿Qué tipo de prohibición está no escrita para vivir la muerte de tu madre?
  3. Sé tú mismo.
  4. Llora y ríe a tus anchas. No dejes que cualquier forma establecida de luto rija tu forma de vivir la experiencia.
  5. Aprende de toda experiencia.
  6. Claramente hay cosas que madurar dentro. Hay perspectivas que, aunque se antojan obvias, vivirlas tienen un sabor muy especial. Sobretodo si te permites saborearlas. Es como tener un hijo. Son elementos de la vida que van tomando su peso conforme pasa el tiempo.
  7. No dejes que las malas vibras te alcancen.
  8. Sí, la histeria colectiva está súper presente en el tema de la muerte. La lágrima colectiva, como ya comienzo a decir. De verdad, la gente llora más porque está junta llorando. Es como un efecto dominó muy loco. Sí, hay que decir por básica decencia, que todo mundo tiene el derecho de vivir su luto como quiera. Sí, no hay nada de nuevo en eso. Gracias a ese derecho –pasártela mal gracias a decisiones deficientes– hay tantos problemas en el mundo. Sí, está rico sentir compasión por uno mismo y llorar sabroso con más gente que te da pie a eso. No sé cuánto tiempo esté chida y positiva esa actitud. Llorar sí es positivo, no estoy en contra de ello. De hecho, me gusta llorar. Sólo no estoy de acuerdo en la onda colectiva que parece barril sin fondo. Claramente te pegan la vibra.
  9. Date tiempo para ti mismo.
  10. Vive un buen rato tu luto a solas. Aprende a ver qué sientes sin los demás. Escúchate, deja ir tus pensamientos y tus sentimientos a donde quieran ir. No te desboques por encontrar a otros que compartan tu dolor. Aprende a conocerte ante el dolor, ante la pérdida. Esta experiencia es tuya, no te la pierdas. No enajenes tu luto. No hay muchos tan fuertes en la vida.
También hay que entender que hay más gente que le duele el pedo de tu difunto. Hay que también consolar a quien está en el duelo. Es normal, las pérdidas son cabronas. Mucha gente siente la pérdida.
En fin, a mí me alcanza el llanto con facilidad. Los que me conocen saben que puedo llorar por Bambi o incluso por cualquier escena cursi de Hollywood. También por la muerte de mi madre. Pero llorar justo sólo por estar junto a otros que lloran no va conmigo. Prefiero llorar cuando me viene en gana, cuando decido meterme por ahí. Y un funeral es el tipo de lugares donde dos cosas (tan legendarias como erróneas) condicionan a la lágrima invencible:
  • Ya está dicho que si lloras entonces tenías los sentimientos correctos para el muertito.
  • La gente va al funeral a llorar y ver llorar.

Creo que por eso la gente que no va a llorar, que sólo va a acompañar le han hecho tan difícil esto de dar el pésame. No están en la superficie sicológica para meterse en el llanto colectivo y sienten que traicionan si ríen o simplemente están ahí acompañándote. No, no, no. No traicionan a nada, más que al llanto colectivo, a la superstición de que el llanto te cura de espantos.

Está bien. Sí, típicamente recordar significa llorar en esas condiciones. Pero también es totalmente justo recordar los momentos poco agradables. Hay que recordar a la gente como era. Claramente la gente se incomoda si hablas de lo negativo del muertito. Pareciera que sólo hay que acordarse de lo positivo cuando alguien muere: así está garantizado el llanto colectivo. Si recuerdas lo negativo le estás dando en la torre a ese monumento a la autocompasión. La verdad, qué hueva. Qué pedo con la gente. Me parece una actitud muy parecida a esta de tener religión. Mejor olvidar lo que no cuadra para tener algún paliativo psicológico que ayude al bienestar inmediato.

¡Caramba! se murió un ser humano, no un ideal, no un ejemplo de enciclopedia. Ya mínimo démosnos un luto más digno, más real, más humano.

Haiku IV

Viento largo,
atardecer agudo.
Muerte de mi madre.

— o —

Viento largo,
atardece en un instante.
Muerte de mi madre.

Haiku III

Mi cadáver,
lamento de leucemia.
Lodo en nieve.

June 13, 2006

Nómada

Parece que sólo estás tú y tu destino: ya no le ves interés a las faenas de esta tierra.
Te declaras nómada y vas diligente a tomar tu lugar en tus colonias.
Tienes un aliento fuerte, que perdura y se endereza.
Se corrije a sí mismo como toda leyenda que va pareciendo más leyenda cada día.
Creo que dejo cerrado el baúl de la comprensión mutua.
Al final de las noches, Andrea me enseñó a leer español antiguo.






















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