Mente privada
No sé si mi mente existe o no. En realidad es irrelevante. No puedo saber si tú tienes una. Tampoco es relevante. Cuando hablo de mi mente me refiero a algo parecido a lo que creo que tú tienes dentro de tu cabeza. Sé considerado, por favor. Se trata sólo de una forma, una solución parcial para lograr comunicarme. Se trata de suponer un poco que la experiencia ajena (¡vaya desvergüenza la mía!) es similar a la mía. Pero como tú haces lo mismo, te parece natural que hable de mi mente y no me llamas demente. Así también tú aprendiste a decir, a hablar. El significado está relacionado con el uso y no con la referencia. Porque ¿qué sabe uno qué es lo que uno refiere más allá del lenguaje? Sólo las experiencias y los pensamientos privados… pero estos son raros, poco comunes.
Cualquier cosa que yo converso no es privada en el sentido de que sólo me pertenezca a mí y a nadie más. Si pude hablar de ella, entonces es común o al menos estuve satisfecho de nombrarla y sentir que me entendiste, que pude comunicarlo. Esto ya hace de mi experiencia algo público, compartido. Sólo aquello de lo que no puedo hablar porque no puedo comunicarlo es posible que sea privado y como tal, restringido a mí. Pienso en las formas y texturas con las que Daniel Tammet experimenta los números. Es evidente que no puede comunicar bien su experiencia. Nadie puede realmente entender lo que él explica. Sólo tenemos aproximaciones burdas a través de las cosas comunes que conocemos. No conocemos su experiencia, por eso no puede hablar con nosotros de ella eficazmente.
Por último, casi podría apostar que en algún idioma el vocablo más cercano a nuestro mente tiene una connotación diferente e intraducible con exactitud al español o al inglés. Algo que asocia un poco más o un poco menos de símbolos y usos que en nuestro idioma. Entonces, ¿qué será la mente de ellos comparada con la mía? En el uso de esa palabra estará la diferencia. ¿Cómo llegaron a esa palabra y su significado social?, ¿cómo llegamos nosotros al nuestro?
