Tengo que decir que me molesta el loísmo de Bolaño. Van tres que he notado (supongo que no he dejado de notar ninguno: soy abominablemente quisquilloso) hasta la página 256 de Los detectives salvajes. De otro lado, la novela me ha parecido buena. Aún no tan fuera de serie como para crear una nueva era en la narrativa latinoamericana (como lo hizo en su momento Cortázar y en su -otro- momento García), sin embargo, siento que algo grande va a pasar en la novela, no sólo en la historia de la novela (aunque eso también va a pasar, de eso no tengo duda), sino en la novela en sí, ¿me explico? Por cierto que la dupla Gárcía Márquez me parece muy parecida al binomio López Obrador. Es decir, parece que uno no puede nombrar a García sin decir Márquez porque los editores y quizá el mismo García se duelan de ello. Pero a todos los demás, tanto en la política como en la literatura, se les conoce por su apellido paterno. La oficina de comunicación del PRD no permite que a López se le llame así, sino López Obrador. Claro en su caso es aún más pedante, porque tampoco se le puede llamar Andrés López Obrador (para no hablar del imposible Andrés López o simplemente López, como se refieren a Calderón o a Fox o a Bush o a cualquier otro). No, o López Obrador o Andrés Manuel López Obrador, no más. Me gustaría que con esa lucidez y agudeza para hacer críticas en materia pública que en algunas ocasiones identifica a los lopezobradoristas, alguien se lanzara a contar cuánto nos cuesta en tiempo y dinero decir miles de veces en televisión y radio Andrés Manuel López Obrador versus Andrés López y todas las diferencias similares (no se me juzgue mal, yo aprendí, por un lado, a hacer estas reflexiones con los ejemplos que los lopezobradoristas han compartido entre los mexicanos, y por otro, otro Gabo –López-Calva, sí éste incluso con guión– me instó a pensar en algunos oximoron al día). Ahora bien, el caso de García, hay que decirlo, tiene una salvedad soberana, bien armada y con un appeal que hace callar fácilmente la observación: la gente le puede llamar –y lo hace– familiarmente Gabo aunque jamás haya cruzado palabra con él. Dicho eso, no deja de darme un poco de comezón esto del García Márquez en vez del García llano. Todo me fuerza a pensar que los directores de imagen consideran que apellidarse López o García no vende, al menos en política, periodismo (Gabo era periodista y desde ese tiempo, espero en bien de mi post, se le conocía como García Márquez) y literatura. Habría que añadir que ni en ebanistería, recordemos los muebles López Morton (que aunque muy probablemente son los apellidos de la familia no me importa, yo continúo con mi discurso). Pongamos algún orden aquí, está claro que la influencia de López en la decoración de los hogares mexicanos no se compara con la de López o García en sus respectivos intereses y por eso lo habíamos dejado de lado: en este post, faltaba más, sólo hablamos de asuntos de extrema importancia y si se puede, de urgencia notable también. En consecuencia –regresando a López, el político y García, el escritor– los mercadotécnicos agradecen a dios o la justicia que tan talentosos exponentes en su hacer, cuenten con otro apellido que les regale, política y bibliográficamente respectivamente, algunos puntos del márketshare. Está claro que si no les hubiera sonreído la suerte materna como lo hizo, literalmente estos artistas de la imagen podrían reclamarles, al menos, que qué poca madre.
Como iba diciendo, el loísmo de Bolaño aparece, en promedio, cada ochenta y cinco un tercio páginas de buena narrativa. (¿Por cierto, cómo se escriben con fluidez, para que no resulten pesados para un lector de buena voluntad, los racionales no enteros en español en medio de un texto en prosa? Carajo, qué complicaciones: me gustaría poner la expresión aritmética tal cual, pero se ve horrible. Por lo menos, esta vez, pude escoger una manera que no me causó salpullido. Se aceptan sugerencias). Volviendo a la cuenta de las ochenta y cinco un tercio páginas de Bolaño por cada evidencia de loísmo y dejando de lado que yo quisiera poder escribir unas, aunque sea un conjunto de ochenta y cinco páginas (regalándome el tercio) de buena narrativa, me gustaría preguntarle que por qué lo hacía, por qué. ¿Acaso fue un vicio peninsular que se le pegó y Bolaño no se dio cuenta? Lo dudo. ¿Será que se dio cuenta que comenzó a hablar y escribir diferente y le valió madres y hasta lo celebraba, como diciendo, sí pinches latinoamericanos en Latinoamérica, ahora hablo y escribo con algunas notas peninsulares y qué?, ¿o quizá lo hacía intencionalmente porque quería descubrir voces mediocres que, en vez de hablar del fondo amplio y la estructura explosiva de su novela, se concentraran en nimiedades que cualquier estudiante altanero de secundaria pudiera traer a la luz exponiendo el asunto como un tema de pesada erudición? Bolaño era capaz de esto último, ni duda cabe. Sí, cómo me gusta el humor de Bolaño, ora en sus textos, ora en su vida. A veces lo veo echado en un sillón riéndose de mí o de gente como yo. Por alguna razón, en el caso de él, me cae bien. Debe ser porque lo admiro. Caray, cuando alguien tiene la vida que tuvo Bolaño entonces se gana el derecho a decir en voz alta qué actitudes de algunos obedecen más a limitaciones y complejos que a otra cosa. Incluso se le agradece que se burle y que hable con claridad de ello. Inteligente y brillante seguro siempre lo fue. Pero lo que logró hacia el final de su vida fue esa rara y diamantina cualidad del equilibrio entre la burla aguzada y la prudencia política. Desgraciadamente (siempre cabe preguntar cuando uno dice desgraciadamente, ¿o afortunadamente?) no pudo escapar a la tentación de vivir una vida de novela, de ver sus propios días como parte de una historia (deja tú si fantástica o heróica, una historia narrable) donde sólo una enfermedad terminal puede vencer al protagonista, nadie más. Bolaño no hizo nada, o mejor dicho, no hizo todo para conseguir un hígado sano antes de que fuera demasiado tarde. Casi adivino que él mismo se debatía entre seguir el guión de la biografía en la que ya había invertido casi 50 años o hacer algo para echarla a perder. Casi lo imagino contestándose en términos de comparaciones sobre las líneas de tener una vida intensa (aunque quizá corta) y literariamente acabada o una donde la tensión se relaje y, peor aún, se distribuya durante más tiempo. Esos antecedentes explican fácilemente el hecho de que desconozca su segundo apellido. Él es Bolaño, en todo caso Roberto Bolaño. Nada más. Nadie menos.
(Con ese final me veo obligado a tomar un riesgo innecesario y desbalancear aún más el post: añado un caso que parece comprobar mi teoría sobre la imagen de un artista o político en referencia a sus apellidos: Gómez Bolaños. ¿Por qué Chespirito no es Roberto Gómez, sino Roberto Gómez Bolaños? ¡Chespirito, por dios!).
(Aclaración no pedida, acusación manifiesta, toma dos: López Calva es mucho más divertido que los otros ejemplos. López Calva ha servido en numerosas ocasiones para vertir humor y/o creatividad lingüística y folklórica (albur). Nada más considere las siguientes variaciones a un tema poblano: lopezcastes, lopezculpas, lopezcantas, lopezkywalker ó lopeskywalker, lopezcagua. ¿Lo ven?, no todo cae en el mismo cazo. Ojo con las semiótica de Sanborns, simplista y estereotípica, que ni es semiótica y representa un serio un peligro para el juicio y la fama).